sábado, 18 de febrero de 2012

8. Obsesión


(Narra Jake)
Por fin volví a la realidad. Paula acababa de colgar y se dirigía hacia mí con una gran sonrisa en los labios. Me levanté.
- Buenas noticias – Me informó – Mi madre me deja quedarme a dormir a casa de Jessi, por lo que podré quedarme hasta tarde contigo.
- Yo es que creo que mejor me voy, me encuentro un poco mal.
Me encontraba perfectamente, pero necesitaba estar tranquilo para asimilar todo lo que había pasado.
- No te vallas – Me pidió – Todavía nos queda algo pendiente.
De nuevo intentó besarme, pero esta vez fui yo el que la interrumpió.
- Mira Paula, eres muy guapa y todo eso, pero no me gustas. Creo que me he pillado por otra persona, espero que lo entiendas.
- ¿Perdona? Yo le gusto a todo el mundo. Si no sabes apreciarme halla tú, pero no vas a encontrar a ninguna chica mejor que yo.
- Lo siento, pero es que resulta que ya la he encontrado.
Me di la vuelta y me fui a casa, dejando tras de mí el alboroto de los que aún disfrutaban de la noche.


La semana siguiente Paula no me dirigió la palabra ni una sola vez. Tampoco me importaba, pues con su enfado me estaba demostrando lo infantil y creída que era. Además estaba demasiado ocupado como para preocuparme por ella, ya que todo mi tiempo libre lo invertía en recordar a la misteriosa chica del sábado anterior.
Cuando pasó la semana y llegó el sábado de nuevo, mi obsesión por aquella joven era tan grande que ni si quiera la compañía de mi hermano conseguía sacarme de mi trance. ¿Cómo podía existir ser tan maravilloso en este mundo? No, no podía ser una persona normal. Era… diferente. Sus orejas y sus dedos eran demasiado alargados, y las pupilas de sus ojos eran más ovaladas de lo normal.
- Joder tío, no se que coño te pasó la semana pasada, pero estás raro – me dijo Mike.
- Estoy normal ¿vale? Déjame en paz anda, necesito pensar.
- ¿Lo ves? Mira tronco, somos hermanos, puedes contármelo, ¿es algo relacionado con… bueno, ya sabes?
- Dios Mike, contigo no se puede hablar de nada que no sea de sexo. Déjalo, son cosas mías, no lo entenderías.
- Oye, que conmigo se puede hablar de un montón de cosas. ¿Me lo vas a contar o no?
- ¡Qué no! Eres un pesado. Me voy, no tengo ganas de aguantarte.
- Cada día eres más borde tío. Adiós ¿eh?
- Adiós.
En el fondo, sabía que mi hermano no tenía la culpa de nada y que yo estaba descargando injustamente toda mi ira sobre él. Pero estaba angustiado por no encontrarla y me moría de ganas de volver a verla. Necesitaba relajarme, y, ¿qué mejor que el mirador para estar tranquilo? Aquel era un lugar mágico lleno de paz y tranquilidad al que acudía siempre que necesitaba estar solo, por lo que me encaminé hacia allí, con la esperanza de que esta vez nadie me molestara. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario