(Narra Jake)
Por fin volví a la realidad. Paula
acababa de colgar y se dirigía hacia mí con una gran sonrisa en los labios. Me
levanté.
- Buenas noticias – Me
informó – Mi madre me deja quedarme a dormir a casa de Jessi, por lo que podré
quedarme hasta tarde contigo.
- Yo es que creo que
mejor me voy, me encuentro un poco mal.
Me encontraba
perfectamente, pero necesitaba estar tranquilo para asimilar todo lo que había
pasado.
- No te vallas – Me pidió
– Todavía nos queda algo pendiente.
De nuevo intentó besarme,
pero esta vez fui yo el que la interrumpió.
- Mira Paula, eres muy
guapa y todo eso, pero no me gustas. Creo que me he pillado por otra persona,
espero que lo entiendas.
- ¿Perdona? Yo le gusto a
todo el mundo. Si no sabes apreciarme halla tú, pero no vas a encontrar a
ninguna chica mejor que yo.
- Lo siento, pero es que
resulta que ya la he encontrado.
Me di la vuelta y me fui
a casa, dejando tras de mí el alboroto de los que aún disfrutaban de la noche.
La semana siguiente Paula no me dirigió la palabra ni una sola vez. Tampoco me importaba, pues con su enfado me estaba demostrando lo infantil y creída que era. Además estaba demasiado ocupado como para preocuparme por ella, ya que todo mi tiempo libre lo invertía en recordar a la misteriosa chica del sábado anterior.
Cuando pasó la semana y
llegó el sábado de nuevo, mi obsesión por aquella joven era tan grande que ni
si quiera la compañía de mi hermano conseguía sacarme de mi trance. ¿Cómo podía
existir ser tan maravilloso en este mundo? No, no podía ser una persona normal.
Era… diferente. Sus orejas y sus dedos eran demasiado alargados, y las pupilas
de sus ojos eran más ovaladas de lo normal.
- Joder tío, no se que
coño te pasó la semana pasada, pero estás raro – me dijo Mike.
- Estoy normal ¿vale? Déjame
en paz anda, necesito pensar.
- ¿Lo ves? Mira tronco,
somos hermanos, puedes contármelo, ¿es algo relacionado con… bueno, ya sabes?
- Dios Mike, contigo no
se puede hablar de nada que no sea de sexo. Déjalo, son cosas mías, no lo
entenderías.
- Oye, que conmigo se
puede hablar de un montón de cosas. ¿Me lo vas a contar o no?
- ¡Qué no! Eres un
pesado. Me voy, no tengo ganas de aguantarte.
- Cada día eres más borde
tío. Adiós ¿eh?
- Adiós.
En el fondo, sabía que mi
hermano no tenía la culpa de nada y que yo estaba descargando injustamente toda
mi ira sobre él. Pero estaba angustiado por no encontrarla y me moría de ganas
de volver a verla. Necesitaba relajarme, y, ¿qué mejor que el mirador para
estar tranquilo? Aquel era un lugar mágico lleno de paz y tranquilidad al que
acudía siempre que necesitaba estar solo, por lo que me encaminé hacia allí, con
la esperanza de que esta vez nadie me molestara.
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