(Narra Jake)
Llegué a mi casa
absorto en mis pensamientos. Nadie me preguntó donde había estado pues no era
la primera vez que llegaba tarde a casa, al fin y al cabo, apenas faltaba un
mes para cumplir mi mayoría de edad.
No dejaba de darle
vueltas a lo ocurrido aquella tarde. Recordaba la discusión con mi hermano, el
haberme perdido en el bosque, pero, ¿y luego? ¿qué había sucedido luego? Estaba
confuso y me costaba imaginar lo que había imaginado mientras estaba
incosciente y lo que realmente había sucedido.
- Es un sueño Jake,
solo un sueño. Yo solo existo porque me has creado tu en tu imaginación – me
había dicho la voz de Nahiara.
¿Lo habría soñado?
No recordaba haber visto a Nai ese día, solo recordaba haber visto a esos
maravillosos seres pero, de vuelta a la misma pregunta: ¿eran reales? Entonces
recordé a aquella criatura que me tenía fascinado. La imaginé susurrándome esas
palabras al oído con la voz de mi amiga y la verdad, ahora que las comparaba
notaba una cierta familiaridad entre ellas.
Físicamente apenas
se parecían pues el magnífico ser al que yo admiraba tenía una alta estatura y
un cuerpo perfecto. Su pelo negro brillante en el que me había fijado
detenidamente era completamente liso y le caía suavemente hasta llegar a la
cintura y, sus labios, aunque de un tono más oscuro de lo normal, eran grandes
y llamaban mi atención invitándome a besarlos desenfrenadamente.
Nai era de estatura
media y aún así seguía sacándole una cabeza. Era delgada, pero sus curvas no
estaban muy pronunciadas y su pelo castaño le llegaba ondulando hasta mitad de
la espalda. Sus ojos eran de color ambarino y sus pequeños labios al arquearse
dejaban al descubierto su preciosa sonrisa.
Sí, eran muy
distintas una de otra pero sin embargo había dos cosas que las unía irremediablemente.
La primera, su olor dulce acaramelado que no podía quitarme de la cabeza, y la
segunda, su forma de mirar. Solo había podido observar los negros ojos de mi
princesa oscura (así la había decidido llamar hasta averiguar su nombre) en una
ocasión en comparación con las millones de veces que Nai y yo habíamos
intercambiado miradas de complicidad en nuestras tardes de sábado. Pero las dos
tenían esa expresión de dureza y ese brillo de nostalgia y esperanza en los
ojos.
En ese momento me
formulé una pregunta que me dejo desconcertado ¿y si en realidad no eran dos,
sino única persona? ¿Y si mi princesa oscura era solo un producto de mi
imaginación que había unido a Nai porque Nai me gustaba? Entonces, ¿estaba
enamorado de mi mejor amiga y por eso me la imaginaba tan perfecta?
Después de darle
muchas vueltas y de convencerme a mi mismo de que no me había vuelto loco, creí
haber resuelto el misterio. Nai me gustaba, y mucho. Me hacía gracia cuando se
ponía borde y me hacía sonreír con casi todos sus comentarios. Ahora que lo
pensaba, me estaba dando cuenta de que me gustaba desde el día en que la
conocí. Siempre me costaba reconocer este tipo de cosas y en esta ocasión no
había excepciones, supongo que por eso había creado en mi imaginación un ser
perfecto que me recordaba a ella y solo le había visto en dos ocasiones, en la
que una estaba borracho y en otra, dormido. Mi imaginación la creó antes de que
yo conociera a Nahiara así que supongo me habría cruzado con ella y desde ese
momento me había llamado atención. Esta conclusión a la que había llegado
después de tanto pensar no sonaba nada creíble pero, hasta el momento, no tenía
nada mejor a lo que aferrarme y esto era lo más lógico que había podido
encontrar. Lo único que tenía claro en esos momentos es que me había enamorado
de mi mejor amiga y que tenía que averiguar si ella tenía el más mínimo interés
por mí.
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